Hay cosas que llegan justo cuando dejas de buscarlas.
Y no sé si es casualidad, si simplemente estamos más receptivos o si la vida tiene un sentido del humor un poco extraño, pero parece que ocurre así muchas veces.
Cuando buscas una relación, cuando tienes ganas de conocer a alguien o estás pendiente de que aparezca una persona, da la sensación de que no aparece nadie. O aparece gente que no encaja, historias que no van a ninguna parte o personas que, por el motivo que sea, no son las indicadas.
Y luego llega un momento en el que dejas de buscar.
Estás tranquilo, centrado en tus cosas y sin esperar que ocurra nada. Y entonces aparece alguien.
En mi caso, lo curioso es que esa persona no apareció de repente. Ya estaba ahí. Ya nos conocíamos y habíamos hablado antes, cuando ninguno de los dos imaginaba que entre nosotros pudiera pasar algo.
Éramos simplemente dos personas hablando.
Quizá por eso aquellas conversaciones fueron tan sinceras. No había ninguna intención detrás, ni necesidad de gustar, ni esa costumbre que tenemos a veces de intentar enseñar nuestra mejor versión cuando alguien nos interesa. Podíamos hablar de lo que queríamos, de lo que esperábamos de una relación y de las cosas que ya no estábamos dispuestos a aceptar.
Recuerdo especialmente algo que me dijo.
Había tenido una relación de diez y no quería conformarse con algo que estuviera por debajo de eso. Si volvía a compartir su vida con alguien, tendría que ser para tener una relación muy buena. No buscaba estar con alguien por estar ni llenar un espacio porque sí.
En aquel momento escuché esas palabras como se escucha cualquier confidencia de una persona con la que no imaginas tener nada.
Con el tiempo surgió entre nosotros la posibilidad de conocernos de otra forma.
Y es bonito que alguien que sabe tan bien lo que quiere se permita conocerme desde ese lugar. Que una persona que tiene claro que no piensa conformarse me haya elegido, aunque todavía estemos descubriendo qué significa exactamente eso.
O, al menos, que siga eligiéndome mientras nos vamos conociendo.
Porque tampoco quiero convertir algo que está empezando en una historia perfecta antes de tiempo. Nos estamos conociendo. No sé qué ocurrirá ni hasta dónde llegará, y creo que parte de lo bonito está precisamente ahí.
No hay garantías. Solo dos personas que un día empezaron a verse de otra manera y decidieron comprobar qué podía pasar.
A veces buscamos tanto que terminamos intentando encajar a alguien en una idea que ya teníamos preparada. Queremos que llegue una persona, que la relación avance de una forma concreta y que todo ocurra cuando nosotros hemos decidido que debería ocurrir.
Pero las cosas no siempre funcionan así.
Puede que algunas de las casualidades más bonitas aparezcan cuando no estamos intentando provocarlas. Cuando no estamos pendientes de encontrar a nadie y podemos conocer a una persona sin colocar sobre ella todas nuestras expectativas desde el primer momento.
Quizá por eso esto se siente diferente.
Porque antes de que existiera la posibilidad de un «nosotros», hubo conversaciones sin intención, sinceridad y dos personas mostrándose sin saber que algún día recordarían todo aquello desde otro lugar.
Ahora sé lo que ella quería antes de que pudiera imaginarme dentro de esa posibilidad.
Y saber que, aun así, ha decidido verme de otra manera, conocerme y seguir aquí me parece algo muy bonito.
No porque eso asegure ningún final.
Sino porque, entre todas las cosas que podían no haber pasado, esta casualidad pasó.
P. D. 85% señorita.
Hasta aquí, esta historia.
Dejar una nota al margen
Conversación
Comentarios
¿Cómo quieres comentar?
Cargando comentarios…