
La costumbre de tener suerte
Hay cosas que, de tanto tenerlas cerca, dejan de parecernos extraordinarias.
Me pasa con el baile.
Mis profesores son dos de los mejores bailarines de salsa del mundo. Si algún día leen esto, probablemente se detengan justo aquí para decir: «¿Dos de los mejores?». Así que dejémoslo en dos de los mejores bailarines del mundo y evitemos problemas.
Bailo con ellos en una compañía amateur. Yo no tengo ni una pizca del nivel que tienen ellos, pero compartimos ensayos, conversaciones, bromas y muchas horas juntos. Con el tiempo hemos construido una relación cercana, hasta el punto de que ya los siento como parte de mi círculo.
Los conozco.
Y precisamente por conocerlos, he normalizado tenerlos cerca.
Hace un tiempo salimos a bailar a una discoteca. En algún momento de la noche, una mujer se acercó emocionadísima porque los había reconocido. Quería saludarlos, decirles cuánto los admiraba y expresar la alegría que le producía encontrarlos allí.
Mientras la veía, pensé: qué curioso.
Para ella, aquel era un momento especial. Estaba conociendo a dos personas a las que probablemente había visto bailar muchas veces y a las que admiraba desde la distancia. Para mí, en cambio, eran simplemente ellos. Las mismas personas con las que ensayo, hablo y comparto parte de mi semana.
Lo que para ella era excepcional, para mí se había convertido en cotidiano.
Y no porque hubiera dejado de admirarlos. Tampoco porque su talento tuviera menos valor para mí. Simplemente, la cercanía tiene esa capacidad: convierte lo extraordinario en algo familiar.
Supongo que nos pasa constantemente.
Nos acostumbramos a nuestros amigos. A esa persona que siempre contesta cuando la necesitamos. A quien conoce nuestras historias repetidas y aun así vuelve a escucharlas. Normalizamos que alguien quiera compartir su tiempo con nosotros, que nos pregunte cómo estamos o que nos haga un hueco en su vida.
También ocurre en una relación de pareja. Al principio observamos cada detalle: un mensaje, una mirada, una conversación que se alarga más de la cuenta. Todo parece importante. Después, cuando esa persona forma parte de nuestra vida, corremos el riesgo de tratar su presencia como si estuviera garantizada.
Nos pasa con el trabajo, con el sueldo, con la casa a la que regresamos o con un cuerpo que nos permite levantarnos, entrenar y bailar. Incluso normalizamos versiones de nosotros mismos que hace unos años habríamos deseado llegar a ser.
No creo que lo hagamos por desagradecimiento.
Es difícil vivir permanentemente impresionados por todo lo bueno que tenemos. La rutina necesita convertir algunas cosas en normales para que podamos continuar. El problema aparece cuando confundimos lo habitual con lo insignificante.
Porque algo puede formar parte de todos tus días y seguir siendo valioso.
Una amistad no vale menos porque lleve años ahí. Una relación no pierde su belleza porque ya conozcas todos sus gestos. Un trabajo no deja de ser una oportunidad porque el despertador vuelva a sonar el lunes. Y compartir pista con alguien extraordinario no deja de ser una suerte porque lo hagas todas las semanas.
Quizá valorar lo que tenemos no significa vivir con miedo a perderlo ni sentirnos culpables por habernos acostumbrado.
Quizá consiste simplemente en detenernos de vez en cuando y volver a mirarlo como lo miraría alguien desde fuera.
Como aquella mujer en la discoteca.
Recordar que esa persona a la que saludamos con absoluta normalidad puede ser alguien a quien otros sueñan con conocer. Que esa amistad que damos por sentada podría ser exactamente el tipo de vínculo que otra persona desearía encontrar. Que esta vida cotidiana, con sus problemas y sus días mediocres, también contiene cosas que alguna vez nos parecieron imposibles.
Tenemos una facilidad enorme para acostumbrarnos a la suerte.
Tal vez por eso conviene hacer el ejercicio contrario: mirar de nuevo, prestar atención y reconocer lo extraordinario que se esconde dentro de lo cotidiano.
Porque lo normal también puede ser un privilegio.
Y porque, a veces, la suerte no llega haciendo ruido.
A veces lleva tanto tiempo a nuestro lado que simplemente hemos dejado de verla.
P. D. Por si todavía no los conoces, este es uno de sus shows: