Portada de «¿Pa’ qué?»
5 min de lectura

¿Pa’ qué?


Últimamente, mi algoritmo de TikTok parece haber decidido que necesito conocer el estado actual del mercado sentimental.

Me aparecen vídeos de mujeres diciendo que los hombres no se comprometen, vídeos de hombres diciendo que las mujeres no muestran interés y, en general, bastante gente llegando a la misma conclusión: conocer a alguien se ha convertido en una mierda.

Uno de esos vídeos giraba alrededor de una pregunta muy sencilla: «¿Pa’ qué?».

¿Para qué voy a escribirle si no me ha escrito? ¿Para qué voy a mostrar interés si quizá no es recíproco? ¿Para qué voy a intentarlo si la última vez salió mal?

Entiendo de dónde viene esa forma de pensar.

Cuando alguien te hace daño, lo normal es que intentes protegerte. Empiezas a medir mejor lo que das, a pensarte dos veces cada mensaje y a buscar señales de peligro antes incluso de que exista alguno.

El problema es que, a veces, terminamos protegiéndonos de personas que todavía no nos han hecho nada.

No voy a fingir que todo es sencillo ni que siempre sale bien. Pero tampoco creo que el problema sea que ya no queda gente dispuesta a mostrar interés o a hacer las cosas de verdad.

Esa gente existe.

Yo me he hecho ochocientos kilómetros para ver a alguien. También me he hecho doscientos kilómetros para darle un beso a una persona. No porque crea que el amor deba medirse en kilómetros —además, con el precio de la gasolina sería una medida bastante incómoda—, sino porque, cuando alguien me importa y creo que merece la pena, intento actuar en consecuencia.

Los horarios, el trabajo y la distancia pueden complicar las cosas. Claro que sí. Pero una dificultad y una excusa no son lo mismo.

Cuando alguien quiere estar, normalmente se nota. Y cuando solo ofrece excusas, quizá lo más sensato sea ponerle una alfombra roja y dejar que se vaya.

Lo que no me parece justo es convertir una mala experiencia en la condena de la siguiente persona.

Si alguien me hizo daño, puedo aprender de ello. Puedo ir con más cuidado, marcar límites y prestar atención a cosas que antes ignoraba. Lo que no debería hacer es recibir a la próxima persona con una factura que no le corresponde pagar.

Porque entonces se forma una cadena bastante absurda.

Alguien me hace daño y yo me cierro. Después conozco a una persona que se acerca con buenas intenciones, pero la trato con distancia, juego a aparentar que no me importa o no actúo como me gustaría que actuaran conmigo.

Esa persona acaba herida y quizá hace exactamente lo mismo con quien venga después.

Así vamos acumulando desconfianza hasta que nadie quiere dar el primer paso, no vaya a parecer que siente algo. Todos esperando a que sea el otro quien escriba, proponga un plan o demuestre interés.

Y luego nos preguntamos por qué el mercado está fatal.

No creo que la solución sea lanzarse sin ningún cuidado ni perseguir a alguien que claramente no quiere saber nada de nosotros.

Yo también tengo un límite. Puedo hablarte una vez. Puedo intentarlo otra. Incluso una tercera. Pero, si después de eso no contestas, el silencio también es una respuesta. Confiar en la gente no significa perder la dignidad ni dar por culo indefinidamente.

Entre no hacer nada y escribir ochenta mensajes hay bastante espacio.

Lo que me cuesta entender son esos cálculos de: «Ayer inicié yo la conversación, así que hoy le toca a ella» o «Ha tardado dos horas en contestar, ahora yo tardaré tres».

¿Tenemos quince años?

Si me apetece hablarte, te hablo. Si me apetece verte, intento verte. Si quiero ir a buscarte, voy a buscarte. Después ya descubriré si ese interés es compartido y decidiré qué hacer con la respuesta.

Pero, al menos, estaré actuando como soy y no siguiendo unas normas imaginarias para parecer menos interesado.

Por supuesto que abrirse implica la posibilidad de sufrir. Puede que no salga bien. Puede que la otra persona no quiera lo mismo o que algo que parecía prometedor termine antes de empezar.

Tampoco pasa nada.

Sufrir un poco forma parte de vivir y de conocer a otras personas. También sirve para descubrir qué queremos, qué no queremos, qué nos gusta y qué límites necesitamos.

No creo que haya que buscar el sufrimiento ni romantizarlo. Simplemente, evitarlo por completo tiene un precio: también nos obliga a evitar muchas de las cosas buenas que podrían ocurrir.

Quizá el mercado no esté tan vacío como parece. Quizá está lleno de personas interesadas que intentan disimularlo, de gente protegiéndose de heridas anteriores y de conversaciones que nadie empieza porque todos esperan el momento perfecto.

Yo prefiero hacer las cosas cuando me salen.

Hablar cuando me apetece hablar. Mostrar interés cuando lo siento. Recorrer kilómetros si creo que merece la pena. Y retirarme cuando la respuesta deja claro que no hay nada que hacer.

Puede que alguna vez vuelva a salir mal. Seguramente sucederá.

Pero no quiero que alguien que todavía no conozco pague por lo que hizo alguien que ya no está.

Y tampoco quiero perder algo bonito por haberme pasado todo el tiempo preguntándome: «¿Pa’ qué?».

Este fue el reel que grabé cuando me apareció aquella reflexión y del que ha terminado saliendo este artículo: