Desde que empecé este blog, varias personas me han escrito por Instagram para decirme que les habían gustado los artículos.
Algunas me han dicho que no conocían esa parte de mí. Otras me han hablado de mi sensibilidad o de cómo escribo. Pero hubo un mensaje que resumió bastante bien algo en lo que llevo pensando desde entonces:
«Me ha encantado. Qué bien hablas para lo loquillo que estás».
La frase me hizo gracia.
Le contesté que solo me conocía del baile y de estar de cachondeo. Que esa también es una parte de mí, claro, pero solo una pequeña parte.
Y creo que esto nos pasa constantemente.
Conocemos a alguien dentro de un contexto determinado y, sin darnos demasiada cuenta, decidimos que esa persona es exactamente lo que vemos ahí.
Si la conocemos de fiesta, pensamos que siempre es así. Si coincidimos con ella bailando y de cachondeo, construimos nuestra opinión alrededor de esa versión. Si la vemos en el trabajo, quizá creemos que toda su vida tiene la misma seriedad con la que se comporta delante de un ordenador.
Después la encontramos en otro ambiente y nos sorprende.
«Hostia, pues es muy empática».
«No sabía que podía hablar así».
«Qué educada es».
«No me la imaginaba de esta manera».
Como si una persona que hace el gilipollas un sábado no pudiera mantener una conversación seria el domingo. Como si alguien reservado en el trabajo no pudiera ser el alma de una fiesta. Como si la sensibilidad, el humor, la responsabilidad y el cachondeo no pudieran convivir dentro de la misma persona.
Y no lo digo solo porque me haya ocurrido con el blog. Yo también he caído en lo mismo.
Me pasó con mi jefe.
Hasta ese momento lo conocía únicamente dentro del trabajo y, por tanto, mi imagen de él estaba construida alrededor de ese contexto. Era mi jefe. Esa etiqueta condicionaba inevitablemente la manera en la que lo veía.
Pero coincidimos en un ambiente más tranquilo, durante una cena de empresa, y descubrí algo que debería resultar evidente: era una persona normal.
Una persona como yo, con las mismas ganas de disfrutar, con sus propias inquietudes y con una vida que no se limitaba al papel que desempeñaba en el trabajo.
No es que estuviera fingiendo cuando ejercía de jefe. Era simplemente otra parte de él. Igual que yo no estoy fingiendo cuando estoy de cachondeo ni cuando escribo algo más personal.
En realidad, casi nunca conocemos a alguien por completo.
Conocemos la versión que aparece cuando está con nosotros, en un lugar concreto y durante una etapa determinada de su vida.
Y eso importa.
Puede que conociéramos a alguien en una época en la que solo quería salir de fiesta. Quizá atravesaba un momento complicado. Quizá estaba más cerrado, más perdido o simplemente tenía otras prioridades.
A veces ni siquiera necesitamos conocer personalmente a alguien para construir una opinión. Nos basta con lo que otra persona nos ha contado.
Alguien dice que una persona es borde, complicada, egoísta o poco fiable y esa información empieza a condicionar nuestra mirada antes de haber compartido una conversación con ella.
Después, cualquier gesto parece confirmar lo que ya nos habían advertido.
Si tarda en contestar, es porque pasa de todo. Si habla poco, es porque es antipática. Si un día no saluda, es porque se cree superior.
No observamos para conocerla. Observamos para comprobar si tenían razón.
Esto no significa que debamos ignorar todo lo que nos dicen. La opinión de los demás también es información y, en ocasiones, puede ayudarnos a ver cosas que nosotros todavía no hemos detectado.
Pero es eso: información.
Hay que recogerla, tratarla y colocarla junto a lo que nosotros mismos vemos. No creerla a ciegas ni convertirla automáticamente en una sentencia.
Porque cada persona habla desde su propia experiencia, y la relación que alguien tiene contigo no tiene por qué ser la misma que tendrá conmigo.
Todos nos comportamos de manera diferente dependiendo de quién tengamos delante. No necesariamente porque estemos fingiendo, sino porque las personas despiertan partes distintas de nosotros.
Hay gente con la que estamos más serios. Gente con la que no paramos de hacer el idiota. Personas con las que nos sentimos cómodos desde el principio y otras ante las que tardamos mucho más en abrirnos.
Todas esas versiones pueden ser verdad al mismo tiempo.
El blog me ha hecho pensar bastante en esto.
La gente que solo me conoce del baile o del cachondeo puede sorprenderse al leerme porque aquí aparece una parte de mí que no suele salir mientras estoy bailando. No porque la estuviera escondiendo, sino porque una pista de baile tampoco es el lugar más práctico para ponerse a reflexionar sobre la vida.
Cuando escribo, me detengo, ordeno lo que pienso y enseño cosas que quizá no aparecen en una conversación rápida o una noche de fiesta.
Pero tampoco creo que esta sea mi versión más auténtica y la otra sea una máscara.
Las dos soy yo.
Soy quien escribe estos artículos y quien está de cachondeo. Quien puede detenerse a pensar en algo y quien dice una tontería cinco minutos después.
Supongo que ahí está el error: pensar que tenemos que elegir una sola versión de cada persona para poder entenderla.
Nos resulta más fácil colocar etiquetas. El serio. La divertida. El borde. La sensible. El responsable. El fiestero.
Las etiquetas ordenan rápidamente la información, pero también dejan fuera casi todo lo interesante.
Quizá por eso conviene dejar algo de espacio para que la gente nos sorprenda.
Aceptar que la imagen que tenemos de alguien puede estar incompleta. Que quizá solo conocemos una pequeña parte. Que una opinión ajena puede aportarnos información sin convertirse en nuestra propia opinión.
Y que incluso nosotros mismos podemos cambiar.
No sé si escribo demasiado bien para lo loquillo que estoy. Puede que ambas cosas tampoco sean incompatibles.
Lo que sí sé es que nadie cabe entero en el lugar donde lo conocimos.
Una recomendación
Si te interesa esta reflexión, te recomiendo Los cuatro acuerdos, de Miguel Ruiz.
Uno de los acuerdos que propone es no hacer suposiciones. Creo que encaja bastante con todo esto: muchas veces damos por sentado cómo es alguien a partir de una pequeña parte de su vida, de un contexto concreto o de lo que otras personas nos han contado.
Hasta aquí, esta historia.
Dejar una nota al margen
Conversación
Comentarios
¿Cómo quieres comentar?
Cargando comentarios…